¿Por qué haces el Ironman 70.3?
29 July 2026 · The AP1 Way · Notion
Esa fue la pregunta que me hizo un amigo días antes de competir en mi primer 70.3 en Cozumel.
A decir verdad, al inicio me enojó un poco la pregunta, ya que, al menos en mi mente, todas las razones que pudieran ser utilizadas para contestar esa pregunta serían positivas.
Pero como toda pregunta importante, me la llevé conmigo para meditarla.
La realidad es que no hay solo una razón por la que decidí hacer el Ironman 70.3
De bote pronto, me inscribí en Febrero tras un fin de semana de fiesta donde estuvo involucrado el alcohol, y ante mi deseo de tener una vida de hábitos saludables, decidí inscribirme. La realidad es que decidí solo jalar el gatillo, porque desde semanas atrás ya estaba en una pestaña de mi computadora el sitio web abierto para que me inscribiera.
Pero la verdadera razón no podía ser tan insignificante.
Para entender por qué me inscribí a una competencia como esta tuve que ir atrás, muy atrás. Decidí explorar qué es lo que me motivaba a hacer este tipo de competencias tan duras, que implican un gran compromiso y que conllevan dolor en cada entrenamiento.
Recordé con claridad mi vida de niño, cuando durante toda la primaria me gustaba participar en las “mini olimpiadas” de mi escuela, y en las que siempre obtenía una medalla o lograba entrar al podio, o al menos en el 90% de competencias en las que participaba.
Lo sabía desde niño. Era un niño dotado con un talento deportivo que me permitía sobresalir ante los otros. Medalla en relevos, en 100m, en 400m. Medalla en salto de longitud y salto de altura. Medalla tras medalla, no siempre en primer lugar, pero casi siempre en el podio.
El talento deportivo se extrapolaba hacia otros deportes. Sobresalía en el futbol y eso me permitió incluso participar en equipos con generaciones de niños 2 años más grande, y la vez que pude apoyar a una generación menor, fuimos campeones. Aunque solo practicaba fútbol con frecuencia, se me facilitaba también el basketball y volleyball las escasas veces que decidía jugar. Todo deporte que implicaba mover el cuerpo me era fácil. Y recalco ésto, porque en el Golf he dado pena ajena las veces que lo he jugado.
Hasta ese análisis ya contaba con cierta profundidad que me permitiera contestar la pregunta, pero sabía que debía haber más razones.
Increíblemente, hasta este año 2026, a mis 31 años, me he tomado el tiempo para conocer mis heridas a profundidad,
Este año he entendido el origen, la raíz, de muchas decisiones y acciones que he tomado en mi vida, y de los patrones que han definido mi identidad y personalidad. He podido conocer más profundamente mi Ego, y entender todo el daño que me ha causado así como los beneficios que me ha traído.
Este proceso me ha ayudado a tener mayor claridad para contestar esa pregunta.
He podido entender que desde niño fui validado por mis logros y no solamente por mi identidad. Se me valoraba más el hacer que el ser. Con todo lo que eso implica. Las personas a mi alrededor se alegraban ante mis triunfos pero transmitían desesperanza cada vez que experimentaba un fracaso. Eso causó también una relación insana con la forma en que vivo el fracaso. Fracasar empezó a aterrarme porque sentí muchas veces que mi valor venía del resultado que generaba más que del rendimiento que tenía. El mundo me valoró en el triunfo y nunca en la batalla.
La pesadilla, es que una vida de curva ascendente contiene muchas batallas pero pocos triunfos. Aunque algunos digan lo contrario.
Así, se generó en mi identidad un deseo de búsqueda de validación constante que obtenía cuando ganaba o cuando mi rendimiento era realmente extraordinario. Y pasé años y años buscando batallas que me permitieran probarme, siempre deseando buscar el mejor resultado.
Participé en torneos de futbol, y desarrollé una identidad demasiado competitiva. Más adelante, cuando el futbol ya no era tan fácil de jugar por falta de tiempo o de organización, me empecé a inscribir a carreras.
Mi primer carrera fue en 2018. A ella siguieron muchas más. Después, medios maratones. Después, llegaba el momento de probarme en lo más alto, el maratón.
Corrí el maratón de CDMX en 2019, y Chicago en 2021. Ambos, con tiempos que no eran dignos de un competidor que de niño prácticamente vivía en el podio. 4:10hrs para CDMX y 4:01hrs en Chicago. Sí, un minuto que me privó de obtener aunque sea el sub 4hrs, que aunque no es admirable, al menos te aleja un poco de la vergüenza que genera compartir tu resultado ante otros atletas.
Así siguió transcurriendo mi vida, con más y más competencias, y con ese tatuaje que se empezó a generar en mi mente de que no era un buen atleta porque no tenía tiempos dignos de compartir. Así siguió también la modalidad de inscribirme a competencias desde un lugar traumático en vez de desde un lugar de crecimiento y satisfacción.
Y si, así también fue que me inscribí al Ironman 70.3 de Cozumel, como una forma traumática de demostrar lo que podía lograr.
Pero no sabía que en el inter iba vivir una de las transformaciones más profundas de mi vida.
Tal y como compartí en otro post, en 2026 tuve un proceso de crecimiento que me ayudó a entender gran parte de mi ser, y lo pude conectar con diversos puntos que me ayudan a resolver la gran pregunta que logró ser el título de este post.
Y aunque la claridad duele, al menos genera cierta satisfacción.
Y es que hoy tengo muy claro que la forma más fácil de dar respuesta al post es diciendo que lo hice desde un lugar traumático, muy parecido a la respuesta que le di a aquel amigo que me lo preguntó.
Sin embargo, la razones verdaderas son aún más profundas.
Hoy tengo claro, en primer lugar, que sí, hay una parte de mí que opera desde un lugar traumático, no solo ante este tipo de competencias sino ante todo lo que hago. También, tengo claro que hay otras muchas razones no tan dolorosas que me incitan a hacer este tipo de pruebas, y que al darme cuenta de ellas, se ha reducido mi sistema operativo traumático.
Y aqui va.

¿Por qué hice el Ironman 70.3 de Cozumel?
Decidí hacerlo porque hay una versión de mi que solo conozco en la adversidad, y como soy muy agradecido de que la adversidad en mi vida quizás no ha sido tan dura, he podido elegir varios de mis escenarios adversos, siendo uno de ellos este tipo de competencias.
Hay un tipo de dolor que solo experimenta la gente que hace este tipo de competencias, aquel que llega en el kilómetro 37 de un maratón, o aquel que llega cuando sientes un calambre desde el kilómetro 20 en la bicicleta en Cozumel, a una temperatura de +35° y con una humedad infernal. Es el mismo dolor, en otra de sus versiones, que aquel que aparece en medio del mar, cuando incluso la muerte no es tan lejana.
Hago estas competencias porque me siento agradecido cada vez que enfrento ese tipo de dolores y adversidades que me permiten poner en práctica mi resiliencia.
Lo hago porque me permiten conocer el límite y entender que yo decido hacia donde lo muevo.
Lo hago porque tengo claro que todo reto en mi vida es un motivo más para agradecer.
Lo hago porque no hay otra forma de conocerme y conocer mi destino hasta estar exhausto.
Lo hago porque la única forma de transformar la vida de uno es de forma somática y con memoria muscular, y que mejor forma de hacerlo que llevar al límite a los músculos.
Lo hago porque competir en este tipo de carreras te obligan a construir hábitos dignos de una vida memorable.
Lo hago porque todos tenemos una versión de Ironman dentro de nosotros y yo quiero conocer el mío.
Lo hago porque competir me ayuda a construirme y a descubrirme simultáneamente.
Lo hago porque no hay momento en el que uno se siente más vivo que aquel que está tan cerca de la muerte. Y nadar en el océano conlleva una posibilidad de morir.
Lo hago porque la vida no se mide por podios pero sí por esos momentos extraordinarios de los que uno se acuerda cuando toca partir del plano terrenal.
Lo hago porque quiero ser un ejemplo para mi familia, no pro validación, sino por inspiración.
Lo hago porque la medida más alta de respeto y amor propio es la forma en que vivo, y hacer cosas difíciles es un camino que lleva al máximo amor propio.
Lo hago porque hay un sentimiento extraordinario que uno tiene cuando está a punto de hacer algo que le aterra, pero es igual de extraordinario después de que se atreve a hacerlo.
Lo hago porque tengo muy claro que la razón más importante no es un ¿por qué?, sino un ¿por quién?
Y yo, yo lo hago por aquel niño que aprendió de forma traumática a competir y ganar, pero que hoy ha podido entender y trabajar sus traumas y poder operar desde un lugar de sanación, aún con exigencia y disfrutando de lo difícil.
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